DE LA HISTORIA PATRIA (O DE LA MITIFICACIÓN DEL PASADO) Parte I
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DE LA HISTORIA PATRIA (O DE LA MITIFICACIÓN DEL PASADO) Parte I

Columnista: Mtro. Luis Ángel Argüelles Espinosa

Por: Luis Ángel Argüelles Espinosa (habaneropoblano@gmail.com)

Los libros de historia han ido cambiando, y al revisar los actuales noto que hay diferencias notables con lo que se enseñaba en mis tiempos.Por ejemplo, los niños actuales, en vez de tener la idea, desagradable pero estimulante, de que somos producto del choque entre dos culturas, una estratificada y la otra rapaz, aprende en la escuela que somos los herederos de un gran imperio... O mejor dicho, de dos, porque los españoles son los villanos de la historia patria, pero al llegar al estudio de la historia universal, resultan lo mejorcito de Europa.

La antigüedad indígena es no sólo gloriosa, sino paradisíaca. El clima es inmejorable, se inventan las chinampas, el comercio florece, los reyes aztecas son grandes estadistas preocupados por el bienestar de sus súbditos y hasta por la educación de los mismos, si inventan las guerras floridas es llevados por su fe y por una confabulación diabólica de la naturaleza, que responde con abundantes cosechas en los años de muchos sacrificios […] . Pero no hay que desesperar. No todo es así. Después viene la fundación del PRI.     

(Jorge Ibargüengoitia. “Lecciones de la Historia Patria” artículo publicado en Excélsior  el 21 de septiembre de 1971. Tomado de: Instrucciones para vivir en México. México: Joaquín Mortiz, 1990).

Debo confesar que la lectura del texto de  Ibargüengoitia expuesto en el epígrafe   me sugirió hacer algo semejante sobre la historia oficial de mis dos patrias (la nativa y la adoptiva).  Por supuesto, su imaginación y  fina ironía son inigualables, pero quise explorar este tema de acuerdo a mis posibilidades.  La intención es lo que cuenta.  Si el presente capítulo (una tentativa de historia comparada)  motivara inconformidades o discusiones, ya el autor se da por satisfecho ´pues sirvió para  enriquecer los estudios sobre esta problemática.   

Desde niño, me interesó la materia de Historia. Dicho interés fue acrecentado a medida que cursaba los distintos niveles educativos. Sin dudas, los buenos profesores cubanos de historia que tuve contribuyeron a despertar mi interés por el pasado. En verdad, no existen temas  de historia aburridos, existen profesores de historia aburridos. En este primer capítulo,  me referiré, a grandes rasgos, a mi particular recepción de la historia patria (primero cubana y después mexicana). Para el caso cubano, la recepción la divido en tres momentos: estudios primarios, estudios medios y estudios universitarios. Para el caso mexicano, la recepción comienza a partir de mi llegada a este país, con carácter definitivo,  en el año de 1996.

En Cuba

Estudios primarios (o de  mis primeros conocimientos de la historia nacional) 

En 1955 ingresé a la primaria en la Escuela Pública # 1 ubicada en el reparto de San Pedro,  perteneciente a San Francisco de Paula, municipio del Cotorro. Mis maestras eran excelentes, sobre todo, permanecieron muchos años en ese mismo lugar, lo cual les permitió darles clases tanto a hermanos mayores como menores e, incluso, tanto a los padres como a sus hijos. Tenían “fijador”, algo que les faltaría a los maestros de los próximos años. La escuela primaria era un tipo de refugio  para alejarme por un momento de los problemas del hogar (discusiones  entre mi madre y mi padrastro  que me provocaron un tipo de nerviosismo y ansiedad que me han acompañado durante gran parte de mi existencia)  y además era mi primer espacio público donde tenías que aprender a convivir con los demás. No sólo aprendí conocimientos, sino también valores (respeto, solidaridad, responsabilidad, etc.) con los cuales   se forma el futuro ciudadano.

Nunca olvidaré los nombres  de cinco de  mis maestras: “Panchita” (primer grado),  Haydée (tercero),  Iselia (cuarto), Elsa (quinto) y Coralia (sexto) y siempre hablaré muy bien de ellas, pues se lo merecen por su esfuerzo y constancia.  Mucha razón tenía el pensador y presbítero  cubano Félix Varela  quien señalaba algo así como que la mayor  gloria de un maestro es hablar por la boca de sus discípulos.

Y si de recordar se trata, siempre tendré presente la merienda que me traía mi madre a la hora del recreo, pues ahora reconozco que el sacrificio era doble: debía  recorrer más de un kilómetro para llegar a la escuela (pero, además, el camino tenía varias lomas o cerros)  y debía ingeniársela para preparar el alimento pues la situación económica no era fácil. Generalmente, los padres se sacrifican más por los hijos y no hay manera de pagárselo en esta vida. Al cuidar a nuestros hijos, saldamos la cuenta pendiente con nuestros padres. Es ley de la vida.   

En la escuela primaria  (en los grados cuarto, quinto y sexto)  recibí los primeros conocimientos sobre la historia de Cuba. ¡Cuán lejos estaba por entonces de comprender los entresijos o complicaciones de los mitos históricos! Como tenía buenos maestros y era buen alumno, incorporaba fecundamente a mi educación las enseñanzas recibidas. Parece ser que los héroes patrióticos se exponen en tríadas acaso recordando la doctrina cristiana  (El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Señalo esto, pues pasados más de  sesenta años, a mi mente vienen  los nombres de tres figuras relevantes en la lucha de la independencia cubana  frente al colonialismo español: José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. En Cuba, el nombre de José Martí ha estado muy presente en la educación cubana del siglo XX (tanto antes como después del triunfo revolucionario de 1959).  Incluso su figura  tiene una gran presencia  en la, digamos,  alta cultura (estudios académicos  sobre su vida y obra) así  como en la cultura popular.

En la primaria, escuchaba primero y repetía después unos versos populares que decía algo así: “Damas y caballeros, abran puertas y ventanas, que ahí viene José Martí, con la bandera cubana”.  Además de las nociones sobre historia y geografía de Cuba,  se nos inculcaban valores cívicos. Existía una asignatura que se llamaba, si mal no recuerdo,  “Moral y Cívica”. Además, los viernes se hacía una ceremonia denominada  “El Beso de la Patria”  donde se cantaban himnos  (Himno Nacional, Himno Invasor, entre otros), se recitaban poesías patrióticas, y eran presentados los mejores alumnos por cada grado de primaria. De alguna manera, estos valores cívicos impartidos en las escuelas públicas primarias de la Cuba de entonces  sirvieron para contraponerse a los “cínicos valores” de los malos políticos de por entonces.

Por otra parte, las escuelas de los distintos niveles de enseñanza (tanto pública como privada) no reproducen  mecánicamente la política de las élites gobernantes,  alimentando  un espíritu contestario o de enfrentamiento  cuando los futuros ciudadanos  constatan que la realidad es muy diferente a lo que aprendieron en las aulas. Siempre me pregunto: ¿de dónde salieron los dirigentes americanos de los siglos XVIII  (en las antiguas 13 colonias)  y del  XIX (en las antiguas colonias de España)   para enfrentarse a Inglaterra y a España? ¿De dónde salieron los líderes de la Europa del Este de fines del siglo XX  para enfrentarse a los burócratas de los partidos comunistas?  La respuesta es obvia: de los centros educativos creados por el propio poder opresor. El sistema educativo es un arma de doble filo.  Una cuestión  es lo que pretenda la élite gobernante y otra las respuestas diversas de los educandos.

Los malos políticos son como los malos profesores: olvidan las necesidades y aspiraciones de sus auditorios. En el caso de la América colonial de nada valieron los planes de estudio donde se glorificaba la actuación de las metrópolis europeas en nuestro continente en los siglos pasados  como tampoco los programas de la Europa del Este donde se ensalzaba la heroica actuación del Ejército Rojo y del Partido Comunista de la Unión Soviética en el siglo XX. Mientras más asfixiantes son los mitos, mayores ovaciones reciben su desmantelamiento.  

 Estudios medios  (o de  la conformación de la mitología revolucionaria)

Mis estudios medios  fueron muy accidentados. La Secundaria Básica (séptimo, octavo y noveno grados)  fue cursada  en dos escuelas públicas. El séptimo y noveno grados los cursé en una escuela de carácter externo, mientras que el octavo lo hice “becado”. Me becaron en el curso 1963-1964 en una de las enormes residencias ubicadas en el reparto Siboney, zona aristocrática donde vivía la otrora clase adinerada cubana. Desde los primeros momentos, la Revolución nacionalizó la enseñanza, se eliminaron las escuelas particulares,  y se formó un “Estado docente”, vieja aspiración del liberalismo decimonónico que el socialismo del siglo XX llevó hasta su máxima expresión. A partir de 1959, las escuelas públicas cubanas han tenido dos modalidades básicas: régimen externo (desde el hogar se va a la escuela) o régimen de “becado” (la escuela deviene en hogar).

Como inicie la Secundaria hacia 1962, ya hacía más de tres años que la Revolución Cubana había llegado al poder. Como niño, y dada la inclinación de mi madre y hermano mayor al proyecto revolucionario, yo también simpatizaba ciegamente  con las nuevas ideas,  me integré a distintas organizaciones  juveniles,   así como participaba de las distintas jornadas de trabajo voluntario. En este nivel secundario, tuve muy buenos profesores de la asignatura de historia que me motivaron a sentir  amor por esta  materia. Como adolescente, me imaginaba que estaba viviendo en el mejor de los mundos posibles y que podía estudiar cualquier carrera. Por cierto, como desde muy joven me ha gustado el cine, empecé a leer libros sobre cine  y hasta empecé a elaborar fichas de contenido, pues por un momento acaricié la idea de ser director de cine. Siempre tengo presente el pasaje o fragmento donde un autor francés relataba magistralmente como los campesinos de su país recorrían larguísimas  distancias para asistir a la exhibición de películas y ver en ellas todo lo que ellos no tenían. El cine era un sustituto de la realidad, o mejor, la realidad imaginada. De igual manera, imaginaba mi realidad y veía un gran futuro tanto  personal como colectivo.   

 La nueva mitología revolucionaria (conjunto de ideas que justificaban el triunfo revolucionario y su curso),  a partir de 1959,  no solo era  expuesta  en los libros de textos escolares, sino, y sobre todo, en la educación informal  que abarcaba un amplio espectro: discursos  del Comandante en Jefe (continuos y de larga duración), información aparecida en los medios de comunicación (prensa, radio y televisión, todos controlados por el estado cubano) y hasta los enormes anuncios espectaculares donde se colocaban generalmente frases de Fidel y de Martí (las de este último, sacadas de su contexto y acomodadas al presente). De algún modo, estar en contra de los postulados de la Revolución te colocaba en contra de la historia de tu país, en convertirte en un enemigo del pueblo o apátrida. A partir de 1959 empezaron a aparecer carteles que se colocaban en las puertas de la casa con textos como “Martí lo soñó, Fidel  lo cumplió”. Para muchos cubanos  de por entonces,  Fidel  tenía mayor mérito histórico que  Martí, pues el primero  había luchado, alcanzado la victoria militar e iniciado un proceso de reformas populares en los primeros años  que despertaba la admiración nacional e internacional.

En la actualidad, pienso que la anterior  “lógica” de pensar tenía  una “contra lógica”. Martí concebía una revolución armada  para fundar  una república donde se incluyeran a todos los cubanos (“con todos y para el bien de todos”) por lo que la insurrección armada era un pre requisito, no el fin del proyecto.  Por otra parte, la Revolución  social nunca podría ser “la tiranía de la mayoría”, sino que había  que conciliar intereses y no polarizar a la población y desaparecer las instituciones. Se trataba de sanear, no de eliminar al viejo estado. Es un grave error   responsabilizar a una figura del pasado por las acciones del presente, pues la realidad nunca es estática y debe actuarse según las circunstancias lo aconsejen y no siguiendo un determinado  modo de pensar.   

Concluida la Secundaria Básica, empecé distintos estudios de nivel medio superior,  pero que, por diversas razones, no terminé. De todos modos, obtuve lecciones de cada uno de estos espacios y conocimientos básicos que más tarde me sirvieron de mucho. No olvido que en una de estas escuelas (llamada Ejército Rebele, nombre muy de moda por entonces,  donde estudiaba  Administración de Empresas), y donde imperaba una férrea disciplina militar, tenía un oficial del ejército, teniente de nuestra compañía, quien por entonces estaba recibiendo los llamados cursos de instrucción revolucionaria, y que  nos reiteraba  que no olvidáramos de que  “la base de la revolución era la contrarrevolución”, esto es,   que la revolución cubana se fortalecía combatiendo los distintos grupos contrarrevolucionarios por entonces existentes. Al cabo de muchos años, pude comprender que no le faltaba razón a ese oficial y que todo poder requiere   un tipo de  resistencia o de  contra poder para su legitimación y, si no existe un enemigo real,  se le inventa. Por supuesto, esto forma parte del ser, es decir, de la realidad, no del deber ser.

En mi caso, a principios de 1967,  ya había perdido casi tres años de estudios después de concluida la Secundaria Básica y me empezaba a desesperar por esta situación pues nunca empecé formalmente los estudios del bachillerato (pensaba que era una pérdida de tiempo, pues eran estudios generales) cuando una oportunidad llegó a mis manos. Me enteré, a mediados de ese último año,  que uno podía ingresar a la universidad por la vía directa, esto es, con sólo presentar el diploma de secundaria terminada y someterse a exámenes de ingreso que, de aprobarlos,  equivaldrían a  los estudios de bachillerato. Tenía nada más unos tres meses para prepararme y hacer las pruebas.

Por ese año de 1967  aún existían algunas academias particulares para regularizar a los estudiantes (a las cuales acudí para recibir clases intensivas  de matemática, física y química) y también profesores jubilados que se anunciaban en periódicos para impartir asesorías. También contraté los servicios de algunos de ellos. Tuve tres cosas a mi favor: mi  voluntad, excelentes asesores y buenas guías de estudio. Recuerdo que en dos días seguidos tuve que realizar unos  13 exámenes distintos, pero tuve la suerte de aprobarlos e ingresar a la carrera de historia que me gustaba. Hasta donde tengo entendido, ese fue el último año que se permitió este tipo de ingreso a la universidad (después se hizo obligatorio haber terminado el bachillerato) pero, además, al año siguiente (1968) se cerraron todo tipo de actividad privada, razón por la cual desaparecieron las academias particulares y los anuncios clasificados de los periódicos. El estado ya  controlaba todas las manifestaciones de la vida nacional. Estado total, calamidad total.

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